La función de la ciencia en la sociedad

(Madrid, 1ª edición, 1976).
(Barcelona, Editorial Anthropos, 1982, 184 pp.).

En este libro se reproducen unas conferencias de F. Cordón con una reflexión general sobre la ciencia basada en la propia experiencia, y con el esclarecimiento de algunos puntos especialmente significativos (como el origen de la ciencia experimental y el de la ciencia evolucionista a partir de la experiencia humana del nivel animal del ser vivo) con los conceptos ganados como biólogo.

En el primer capítulo se define al hombre del único modo posible: por su proceso de origen. Con la palabra, el hombre se desprendió de la evolución animal, por lo que su historia no es la de su evolución dentro de la evolución conjunta de los animales, sino la de la evolución de las relaciones entre los hombres, que secundariamente influye sobre los demás seres vivos. La evolución de su acción y experiencia se nutre de tres fuentes: la acción personal (la objetivación de la conducta humana); los procesos naturales a los que se aplica “experimentalmente” en el trabajo (el arte, la habilidad técnica, producto de su desmenuzamiento analítico progresivo); y las relaciones sociales, ante todo en la producción (con el consiguiente desarrollo de la cooperación de los hombres en el trabajo, que derivó históricamente en diversas formas de dominio de unos hombres sobre otros, no sólo para organizar la producción sino para apropiarse de los frutos del trabajo).

El segundo capítulo trata del surgimiento de la ciencia como actividad social diferenciada, con la culminación histórica de tres corrientes de progreso del pensamiento empírico, en el curso de pocas generaciones: al elevarse el conocimiento a una problemática distinta y superior; al determinar cambios sustanciales en la actividad productiva y en el modo de vida de los hombres; y como base de una interpretación de la realidad (materialista, monista), superadora del antropomorfismo. La actividad intelectual intensa de determinados hombres, con un dominio práctico del trabajo artesanal rico y variado, en los enclaves más dinámicos de la Europa de los siglos XV y XVI, esbozó la figura del científico profesional. Éste elevó progresivamente el conocimiento empírico a ciencia experimental (a teoría verificable mediante experimentación) perfeccionando la descripción, la clasificación y la experimentación de los hechos. De ese modo se descubrieron y se definieron las grandes coordenadas evolutivas del universo, por su coherencia interna: los seres de la misma complejidad que interactúan dentro de los niveles que ellos mismos constituyen. Y se inició la construcción de cada una de las grandes ciencias básicas que se refieren a esos niveles naturales objetivamente establecidos (partículas subatómicas, átomos, moléculas, proteínas globulares, células, animales), nutriéndose con toda la experiencia ganada sobre los entes correspondientes.

Tras esa primera fase histórica de búsqueda del conocimiento por el conocimiento, que posibilitó la revolución industrial, e influyó decisivamente en la concepción que el hombre se formó entonces de la realidad, en la organización social de la ciencia y la enseñanza, y en la sociedad en general, se produjo la recaída de la ciencia en el empirismo, característica de la crisis actual de la ciencia. Su estudio es el objeto del tercer capítulo. En parte, se trata de una crisis de crecimiento, puesto que, al desarrollarse, la ciencia acumula conocimientos que no pueden interpretarse dentro del marco conceptual de la ciencia experimental. Pero, sobre todo, responde a causas externas, ya que, en lugar de esclarecer y corregir los objetivos de la actividad productiva, la ciencia actual está estructuralmente al servicio de la lógica y de los objetivos particularistas de las grandes empresas capitalistas. Con sus graves efectos añadidos, bien notorios: como la radicalización extrema del trastorno humano del equilibrio natural, la reconversión de la universidad en un centro de formación profesional, el deterioro serio de la personalidad típica del científico y la creciente irracionalidad del hombre común, sin exceptuar a los investigadores mismos.

En el cuarto y último capítulo, F. Cordón se plantea lo único que está realmente a su alcance: cómo puede contribuir la rectificación de la teoría científica, del ejercicio de la investigación y de la docencia de la ciencia al perfeccionamiento, que pide la época, de la sociedad. A saber: 1) sometiendo a conocimiento experimental todos los procesos naturales que objetivamente son susceptibles de ello, comenzando por el descubrimiento de los niveles concretos de integración energético-material que subyacen en los campos de conocimiento donde aún no han sido precisados; y 2) elevando el conjunto de los conocimientos experimentales a un nuevo tipo de problemas, que, por decirlo así, pueden dar razón y coronar los grandes logros de las grandes ciencias experimentales, y superar su discontinuidad epistemológica: problemas tales como la naturaleza de los entes unitarios de cada nivel, de cómo su individualidad surge y se mantiene a partir del incesante proceso de los entes de nivel inmediato inferior; o, cómo, de nivel en nivel, la evolución conjunta del universo da cuenta de cada ente individual (y, en particular, de nosotros, los humanos), y, recíprocamente, dquiere sentido para los individuos. Lo primero urge sobre todo en el campo de los seres vivos, ya que nosotros mismos lo somos, concretamente animales. Y, para lo segundo, contamos con esa ventaja de la experiencia directa del hombre como ser vivo: lo que permite descubrir aspectos que se nos escapan en los individuos de otro nivel de integración, e incluso elevar todos los hechos experimentales pertinentes a una consideración nueva y superior -dinámica, integradora e histórica-, y decisiva para exigir la difusión universal de ese pensamiento científico general.

La edición de 1982 incluye cuatro apéndices sobre otros tantos temas epistemológicos: 1) significación del aristotelismo crítico (desde Avicena y Averroes) en relación con el origen de la ciencia experimental; 2) posibilidad de superar el monismo “aristotélico” de la ciencia experimental mediante el estudio científico-evolucionista de los seres vivos, integrando los recursos acumulados por las ciencias experimentales y por las ciencias del hombre y de la cultura, y superando sus respectivas limitaciones epistemológicas, para fundamentar el monismo evolucionista; 3) base y límite epistemológico respectivos de la ciencia experimental y la ciencia evolucionista; y 4) la necesidad de debatirse entre la creación audaz y la perplejidad intelectual, como propia de todo hombre de ciencia genuino.

Faustino Cordón: claves de su pensamiento.

Rafael Jerez Mir