Introducción a la reproducción y a la herencia de las unidades de integración.

(Resumen de nota inédita de Faustino Cordón).

En la actualidad la biología se satisface con dos afirmaciones cuestionables sobre la reproducción y la herencia. Una es la aseveración de que los caracteres del fenotipo de una célula, de un vegetal, de un saprofito, de un animal, están prefijados en los caracteres del genotipo, sin plantearse inquirir cuál sea el proceso que transforma los primeros en los segundos, y, otra, la de que las variaciones del genotipo -las mutaciones- son la causa primaria que opera en la evolución natural de los seres vivos. Pasamos a comentar estas dos afirmaciones:

Crítica a la afirmación de que en el genotipo están los caracteres del fenotipo del ser vivo.

Como consideración crítica a esta afirmación sobre la reproducción y la herencia, básica de la biología vigente, señalamos que implica a la vez la aceptación de dos concepciones antiguas, la del preformismo y la de la generación espontánea. En la concepción actual, el surgimiento y -por tanto- la naturaleza de todo ser vivo se remite a los cromosomas de una célula germinal que puede originar células libres o constituyentes de vegetales o animales. Esta interpretación equivale a admitir que polímeros de moléculas, los ácidos nucleicos, poseen dos cualidades obviamente fuera del alcance del comportamiento de la molécula, esto es, que no se dan en las leyes de la química 1) que en los polímeros moleculares de los ácidos nucleicos está, en potencia, el proceso que culmina en la estructura del ser vivo emergente -premisa del preformismo-, y 2) que estos polímeros poseen la capacidad de que, en un momento de tal proceso, se actualice la vida, a saber, la aptitud de gobernar un ámbito coherente en provecho del propio mantenimiento y, en su caso, de su crecimiento y su reproducción -premisa de la generación espontánea-.

Ahora bien, a lo largo del siglo XX la "biología molecular", expresión que simplifica una contradicción de términos, ha puesto de manifiesto que el único agente de la producción y manejo de los nucleótidos de los ácidos nucleicos son proteínas con funciones específicas conocidas, en tanto que la función de los nucleótidos de los ácidos nucleicos no es sino servir a estas proteínas específicas como simple molde para que reproduzcan con exactitud el orden de los aminoácidos en los polipéptidos que constituyen las proteínas que la célula necesita.

Así pues, la suma de datos de la "genética molecular" y del resto de la "biología molecular" imponen inequívocamente que el agente, el ser vivo, de nivel directamente supramolecular y subcelular es la proteína definida por su capacidad peculiar de, aplicando fuerzas de Van der Waals, reconocer y manejar moléculas de una en una, en este caso los nucleótidos de los ácidos nucleicos.

La biología moderna ha descubierto, así mismo, que toda célula está constituida por proteínas asociadas de modo que establecen el soma celular. La célula es el ser vivo de segundo nivel (directamente supraproteínico e infraanimal) que maneja masas de agua.

Es indudable que el animal surge de células asociadas en el soma animal. El animal es el ser vivo del tercer y superior nivel biológico que gobierna su ambiente constituido por las moléculas de la biosfera en sus distintos estados de agregación (el sólido, el líquido o el gas), ejerciendo su modo de acción peculiar, el mecánico.

Parece claro que hay que ir procurando entender la ontogénesis de cada ser vivo, esto es, cómo a partir de su genotipo se produce el despliegue de su fenotipo.

Para no eludir comprender el proceso de ontogénesis de un ser vivo mediante la expresión "feliz" de que el fenotipo está predeterminado en el genotipo (que, de hecho, reduce la ontogénesis a un mero crecimiento) hay que responder a los siguientes problemas que hoy tiene planteados la biología:

1) entender el origen de cada ser vivo por su filogénesis, esto es, inducir (desde los datos pertinentes de anatomía y fisiología comparadas) el surgimiento del ser vivo originario de un nivel -desde los seres vivos del nivel inferior- y su proceso de evolución;

2) entender el surgimiento y desarrollo ontogénico individual de cada ser vivo;

3) entender cómo, en cada instante de su desarrollo individual, surge un ser vivo desde los seres vivos de nivel inferior constituyentes de su soma, como un campo físico de experiencia capaz de percibir los cambios ambientales y señalar las respuestas somáticas convenientes a ellos.

Así, los procesos filogénico, ontogénico y de surgimiento en cada instante de cada tipo de ser vivo deben de tener la misma naturaleza. Para satisfacer estas tres premisas hay que basarse en una interpretación del ser vivo que convenga con todos sus datos empíricos y experimentales y que lo explique en términos del proceso natural que ha permitido su origen y mantenimiento.

El conocimiento de la filogénesis de cada tipo de ser vivo ha de permitir entender el despliegue de su ontogénesis y cada instane de ella y, desde esta comprensión, deducir su reproducción y su herencia.

Hay que señalar que la ontogénesis de cada ser vivo es un proceso que 1) recapitula su filogénesis de un modo que la biología debe entender -recapitulación que constituye la herencia en sentido lato- y 2) está conducida por el propio ser vivo que continuamente responde al proceso complementario del ambiente, con inevitables matices impredecibles, lo que exige del ser vivo la aplicación de cuántos de libertad. Así pues, todo nuevo ser vivo no es sólo consecuencia de su historia evolutiva -de su herencia- sino que es un individuo irrepetible, que la prolonga con las aportaciones de su propia vida.

Crítica a que las mutaciones (las variaciones del genotipo) son la causa primaria de la evolución biológica.

Como consideración crítica a esta segunda afirmación actual sobre la reproducción y la herencia podemos afirmar que la causa de la evolución biológica no puede atribuirse directamente a variaciones fortuitas de nucleótidos en los ácidos nucleicos, estos meros instrumentos de proteínas, producidos y manejados por ellas, al servicio de su propia reproducción en la célula.

Conviene no perder de vista que los agentes de la evolución sólo pueden ser los seres vivos mismos, a saber, las proteínas, las células y los animales; y en cada una de las cuatro etapas de la evolución en la biosfera (la de la molécula, la de la proteína, la de la célula y la del animal) la dirección de ésta la han impuesto los seres vivos del nivel superior.

En la actualidad la evolución biológica está conducida por la de los animales y cada vez más destacadamente por la conducta del hombre, el animal hegemónico. Hay que inquirir la relación entre las conductas de los animales, protagonistas de la actual etapa biológica, y los caracteres de sus células somáticas, todas procedentes de sus células germinales, y la relación de las conductas de las células germinales y las características de las proteínas que las constituyen.

La conducta de cada animal nunca puede modificar su soma ni la capacidad de las células germinales de su gónada, pero sí puede poner la capacidad de sus células germinales en condiciones que permitan la selección de las más aptas; a saber, enfrentándose él con su ambiente específico y logrando o fracasando en su reproducción e influyendo así sobre la capacidad media de conducta específica de los animales de la siguiente generación. Los animales más aptos de cada especie son los que logran, estadísticamente, reproducirse más que el resto; y esta capacidad tiende a ser heredada por sus hijos, resultantes de células germinales hermanas de la germinal parental y por tanto, en promedio, más semejantes a ésta que a las germinales de los restantes animales de la especie.

Las células germinales de la gónada de un animal apto (como se ha recordado hermanas de su propia célula germinal) aunque suelan asemejarse entre ellas, en cuanto seres vivos poseen una individualidad in toto irrepetible; esto es, cada una de las células de una gónada posee características que la distingue, por poco que sea, de todas y cada una de las restantes células germinales producidas en su misma gónada. Estas distinciones de cada una de las células germinales dependen por una parte de las diferencias de sus somas, constituidos por proteínas globulares coasociadas que tampoco pueden ser todas idénticas entre sí, y por otra parte de las diferencias de los procesos de sus ambientes celulares.

Por tanto un cambio erróneo en los ácidos nucleicos (una mutación) de una célula germinal no es fortuito (aunque nos resulte inesperado) sino que hay que referirlo a los agentes que producen y manejan ácidos nucleicos, sus proteínas específicas; y una mutación errónea produce el efecto de trastornar proteínas globulares, lo que altera la capacidad de conducta de la célula germinal y, en consecuencia, la del animal resultante.

Ahora bien, los cambios en los ácidos nucleicos pueden perpetuarse si conforman proteínas en las células germinales que originan células somáticas animales que permiten que éstos tengan una conducta más apta.

Así pues, la herencia de la capacidad de un animal de ejercer su conducta específica de modo más competente depende, muy determinadamente, del afinamiento con que las células de su soma realicen su actividad asociativa, lo que viene determinado por la capacidad de su célula germinal. Y, a su vez, la herencia de la capacidad de la célula germinal, por selección natural, depende de la capacidad con que realizan su actividad asociativa las proteínas de su soma.

Aunque las diferencias de capacidad de realizar su conducta específica entre animales hermanos, entre células germinales hermanas y entre proteínas hermanas son muy pequeñas (como seres únicos irrepetibles que son), no obstante, estas diferencias, operando en un mismo sentido a lo largo de generaciones, constituyen el único sustrato de la evolución animal.

La conducta de los animales más aptos de una especie implica que, como promedio, sus células germinales (con sus respectivas dotaciones cromosómicas) posean proteínas somáticas específicas que les permitan poder desarrollar tal conducta.

Todo animal ha de tender al máximo su conducta específica en coyunturas extremas de su vida, so pena de muerte. Estas situaciones -por poco frecuentes que sean- implican la aplicación al máximo de la capacidad asociativa de las células de su soma, y esto, a su vez, requiere ejercer al máximo la capacidad asociativa de las proteínas somáticas de sus células.

Es evidente que los individuos de cada especie animal (incluso de la humana) difieren en la capacidad congénita de su conducta específica. La aptitud creciente de los individuos de las sucesivas generaciones no puede entenderse sino por la selección según el grado en que poseen esta aptitud (a veces lo que se selecciona es la capacidad de cooperación de animales de especies muy sociales, de las que un ejemplo culminante es la especie humana. La naturaleza del hombre a la luz de su origen biológico). La selección de los animales de conducta más apta remite a la selección de sus células germinales, cuyas mínimas diferencias afectan precisamente a su probabilidad de originar somas de animales más capaces de explotar los nuevos ambientes. Y la selección de éstas células germinales idóneas remite a la selección de las proteínas que forman sus somas celulares.

En el proceso de toda especiación algunos animales llegan a afinar su conducta hasta distinguir dos subambientes objetivos en su ambiente previo. El hecho establece las condiciones para que los animales de dicha especie se subdividan en dos grupos, cada uno de los cuales emprende la adaptación progresiva en uno de los dos subambientes señalados. Cuando el proceso de especiación alcanza un grado tal que las diferencias de conducta impiden la reproducción mixta, también las células germinales de los animales de uno y otro grupo han llegado a una diferenciación somática de sus proteínas tal que se acusa en las dotaciones cromosómicas respectivas. La evolución conjunta de los animales y su medio.

Así pues, la evolución de los animales se basa en la selección de los individuos con mayor capacidad congénita de realizar su conducta específica, esta selección implica la selección de las células germinales de tales individuos, y, en fin, la selección de las células germinales remite a la selección de las proteínas constituyentes de su soma. Y su motor es el imperceptible e imprevisible cuánto de libertad, no limitado por la herencia, de cada uno de los seres vivos de cada nivel para decidir su acción en cada instante y su conducta a lo largo de su vida, que lo hace irrepetible y, en última instancia, susceptible de que sobre él opere la selección natural.