Los límites de la teoría de unidades de nivel de integración.

(Nota 52. Tratado evolucionista de biología. Parte Segunda. Volumen I, p 238-242).

El trabajo científico persigue ir alcanzando una interpretación monista de la realidad lo más completa posible; es decir, procura explicar cualquier tipo de ser o fenómeno en términos del resto de la realidad desentrañando las relaciones entre las cosas, y procurando expresarlas en leyes cada vez más integradoras; todo bajo el convencimiento, que parece tanto el principio como el corolario de la ciencia, de que el universo es un todo coherente cuyo proceso puede irse descubriendo paulatinamente.

Así entendida, parece imposible una interpretación rigurosamente monista de no importa qué (digamos, por ejemplo, de un ser vivo), ya que entenderlo plenamente obligaría a conocerlo todo; lo que, con toda verisimilitud, estará fuera del alcance del hombre, en todo el transcurso de su existencia, finita a escala cósmica. En consecuencia, el monismo -el modo racionalmente progresivo de entender la naturaleza- no tiene sentido sino realizándose en la investigación científica, en la que es esencial un planteamiento claro de los problemas, de los límites del conocimiento.

Así planteada, la pesquisa científica de la naturaleza se nos aparece hoy como un proceso ilimitado del pensamiento que, para procurar no extraviarse, conviene organizar complementariamente en dos sistemas de conocimiento: el sistema de lo que conocemos o creemos conocer con diversos grados de certidumbre y el sistema de lo que ignoramos con la correspondiente profundidad relativa de nuestros desconocimientos. Me parece que esforzarse en sistematizar la ciencia hecha sin el contraste reflexivo de la ignorancia correspondiente entraña un grave riesgo de incurrir en interpretaciones idealistas en que se agazapan dos extravíos anticientíficos muy esterilizadores, el dualismo larvado y el aferramiento a concepciones hechas -el dogmatismo-. En este sentido, es correcto decir que el científico y, en general, el hombre racional es un profesional de la ignorancia, como condición de irla desplazando.

Conforme con lo expuesto parece importante que nos pongamos en claro cuál es la propiedad más general de la realidad, ya no referible a ninguna otra, que pueda deducirse de nuestros conocimientos y considerarla como lo que indudablemente es: por una parte, la base actual más firme y general del desarrollo de futuros conocimientos que desarrollen nuestra interpretación de la naturaleza conforme a la teoría más general y verdadera hasta hoy lograda, perfeccionándola, corrigiéndola y depurándola; y, por otra parte, la descripción del límite actual de nuestra interpretación monista de la naturaleza que, con seguridad, a partir de un momento y hasta no ser rebasada, en lugar de servir de apoyo, pasará a oponerse al ulterior desarrollo de la ciencia. En consecuencia, enunciarnos con claridad ese problema básico tiene dos grandes ventajas: una, orientar desde él los problemas concretos en la perspectiva debida para organizar los conocimientos y problemas nuevos tendiendo al sistema teórico unitario más conforme con la coherencia general de la realidad; y, la otra, que este problema básico no se borre de nuestro horizonte e impedir así que, incorporado como dogma, se diluya en la ciencia admitida, viciando así de dualismo dogmático nuestra interpretación de la realidad.

Para definirnos con claridad esa ignorancia nuestra básica parece conveniente rastrear su origen desde la anterior de la que naturalmente deriva y a la que de algún modo satisface. Analicemos, pues, el límite al conocimiento que, disfrazado de base epistemológica absoluta, ha venido condicionando el desarrollo de las ciencias experimentales; se trata de la concepción aristotélica de la materia que, en nuestra opinión, sigue vigente en gran parte de la ciencia y, en particular de la biología. Y ello con el propósito de que nuestra interpretación evolucionista no caiga en dogma; esto es, que la conclusión última de nuestro pensamiento aparezca como lo que realmente es, un problema de nuevo tipo cuya resolución ha de permitir una expansión ulterior de la ciencia, que supere la conclusión.

La base (y límite) epistemológica de la ciencia experimental.

Aristóteles enuncia el monismo y prepara el instrumento lógico para irlo realizando; con ejemplar consecuencia fue reaccionando al dualismo platónico y se esforzó en entender la realidad observándola y analizándola directamente, por lo cual nadie a más justo título puede ser considerado el padre de la ciencia y, en particular, de la biología científica. La memorable hazaña de Aristóteles no pudo -como nada humano- rebasar el límite de pensamiento y del estado de conocimientos de su época; le fue objetivamente imposible desprenderse del idealismo platónico y su merito inmarcesible fue someterlo, ponerlo al servicio, del materialismo científico; si, para Platón, las ideas poseen una vida primaria sobrenatural y los seres materiales no son sino un reflejo imperfecto de ellas, simulacros de la verdadera existencia, en la interpretación aristotélica, las ideas platónicas se refugian en las formas que subyacen en la intimidad de la materia como algo inmanente a ésta y que -en acusado contraste con la concepción platónica- no se realizan plenamente sino en la materia, como entelequia.

En resumidas cuentas, Aristóteles realiza una memorable inflexión del pensamiento (y da los primeros pasos vigorosos en la dirección marcada) que, por motivos históricos, no emprende su pleno desarrollo sino veinte siglos después con el nacimiento de la moderna ciencia experimental. Esta inflexión aristotélica, a mi modo científico de ver, puede caracterizarse así: entronizar el monismo científico, esto es, considerar que la naturaleza es explicable progresivamente por ella misma; y, también, buscar la clave de los seres en la intimidad de ellos mismos, en su estructura interna. El primero de estos dos conceptos para mí sigue siendo cada vez más profundamente verdadero. En cuanto al segundo posee, asimismo, una enorme base de verdad patente en las ingentes conquistas en dirección analítica o anatómica de la ciencia experimental; es, en efecto, de conocimiento general que los materiales más diversos, de origen inorgánico y biológico, constan de moléculas, que las moléculas constan de átomos, y los átomos de partículas de niveles subatómicos; en biología, así mismo, se han observado las más variadas regularidades de organización interna en los animales, en las plantas y en los seres unicelulares que han inducido a buscar la clave de la estructura en el interior. (Es evidente que algunas de estas regularidades biológicas de organización interna son tan generales que no pueden ser sino significativas de algo muy profundo. Por ejemplo, todos los animales y plantas constan de células, en el interior de todas las células se produce actividad enzimática vinculada a proteínas, todas las proteínas constan de L-α-aminoácidos de una misma constitución estérica, en la reproducción celular desempeña un papel general el material cromosómico del núcleo, etc.). La forma aristotélica inmanente en la materia ha ido revelándose en entidades cada vez mejor diferenciadas y entendidas. Pero, a la vez, la ciencia experimental misma, ha ido descubriendo el proceso de lo general (la energía gravitatoria, la energía térmica, los campos electromagnéticos, la energía radiante, la transformación de materia en energía, etc.) y, en fin, el hecho de la evolución biológica. Todo esto indica que la base aristotélica de la ciencia experimental, que remite al interior la clave del ser, constituye hoy una base epistemológica que hay que superar y que, de no hacerlo, puede constituirse en dogma inmovilizador de la ciencia.

A mi modo de ver, el monismo de Aristóteles (su vuelta de atención hacia la naturaleza supuesta cognoscible por su análisis, aplicando un instrumento lógico adecuado) logra una inflexión progresiva memorable con el descubrimiento de unidades genuinas que, elementos las unas de las de orden superior, estratifican la realidad en determinados niveles de integración. Fue precisamente el descubrimiento de alguno de estos niveles (animales, células, moléculas, átomos, partículas de niveles subatómicos) lo que dio origen a las diversas ciencias experimentales modernas. (En mi libro La función de la ciencia en la sociedad intento entender cómo se verificó la transformación de los conocimientos empíricos, cada vez más rigurosos y precisos, en la moderna ciencia experimental susceptible de teoretización, y el significado de la ciencia experimental moderna en el progreso del pensamiento). Cada una de estas ciencias se concentra en el estudio de uno de estos niveles de la realidad (por ejemplo, la química en el de las moléculas) describiendo las propiedades de las unidades de los diversos tipos que se dan en él, examinando su composición y la estructura interna de cada una de las unidades del nivel inmediato inferior, las transformaciones, dentro del nivel, de unas unidades en otras, etc. a nuestro modo de ver, lo verdaderamente notable de las ciencias experimentales para la interpretación del universo es el hecho de que cada una de ellas, no sólo percibe regularidades (que se pueden describir y clasificar y así enriquecer la actividad humana, del mismo modo que las regularidades de la naturaleza ayudan a la acción y experiencia de los seres vivos), sino que estas regularidades comienzan a explicarse, conforme a leyes y teorías de alcance creciente, no sólo por la composición de las unidades de cada nivel por conjuntos de unidades del nivel inmediato inferior, sino porque tal composición depende de interacciones reversibles con unidades del mismo nivel del entorno. Con ello se va imponiendo paulatinamente a la ciencia la noción de que comprender las unidades de un nivel (partículas de niveles subatómicos, átomos, moléculas, células, animales) obliga tanto a analizar el interior de ellas, como a estudiar sus interacciones con el conjunto de unidades del nivel, y, aún más, a correlacionar teóricamente los dos tipos de datos, en concreto, el dinamismo interno de las unidades de un nivel con el dinamismo conjunto del nivel que relaciona unas unidades con otras. (En mi opinión la única garantía de que se va conquistando conocimiento objetivo de niveles de la realidad cuya observación directa escapa a nuestros sentidos es precisamente el pensamiento teórico cada vez más unificador, más previsor de resultados antes de verificarlos, y, en general, construido en pugna constante con el prejuicio). Está en la lógica de las cosas que la relación entre la unidad de no importa qué tipo y el conjunto de su nivel la percibiera el hombre ante todo en relación entre su propia individualidad (los contenidos de su conciencia) y su medio peculiar coherente, la sociedad. Esta inflexión crucial del progreso de la ciencia experimental -en la que el monismo aristotélico polarizado a buscar la explicación de las unidades en su interior, descubre que el proceso interior encuentra a su vez la clave en el proceso conjunto del nivel- ofrece, a su vez, para el biólogo un interés complementario: entender las regularidades de la biosfera que hacen posible la acción y experiencia de los seres vivos por el proceso conjunto de los niveles.

La base (y el límite) epistemológico actual de la ciencia evolucionista.

Así pues, la evolución conjunta de la realidad parece un corolario de la ciencia experimental en el que ésta conserva superándola su base aristotélica. Según la evolución, todo fenómeno natural ha de remitirse a las unidades de nivel que corresponda y éstas se explican (y explican el fenómeno) en términos perfectamente coherentes con el resto de la naturaleza (tanto de los niveles inferiores como del propio -a su vez, determinado de algún modo por el proceso de los superiores-). El propósito de este libro es, de acuerdo con esta concepción, intentar una explicación, en lo posible coherente, de un sector espacio-temporal de la evolución del universo, a saber, la evolución biológica en la tierra.

¿Cómo entendemos que se produce la evolución biológica? Podemos deducir de los datos experimentales del interior de los individuos de cada nivel que éstos constan de un soma constituido por un conjunto de individuos del nivel inmediato inferior cooperantes en una serie de acciones unitarias, y de un organismo que es un campo físico unitario en que se realiza la experiencia de cada una de aquellas acciones, campo físico que, a su vez, resulta de un efecto integrado producido de consuno por organismos íntimamente cooperantes de seres vivos pertenecientes al soma del ser vivo que nos ocupa. Este campo físico de todo organismo es circunscrito espacio-temporalmente y recibe el estímulo aferente de la acción anterior y responde a ella aplicando un cuanto de conciencia y de libertad. Pues bien, me parece que al alcance de la biología está precisar -en términos de la evolución biológica- las cualidades internas (resultar de un soma) y las condiciones externas (enfrentarse, por mediación de los organismos del nivel inmediato inferior, con el todo en evolución) que ha de poseer un campo físico circunscrito para constituirse en foco de experiencia, para adquirir esa notable capacidad de conciencia y libertad (de la que tenemos noticia directa por la propia de cada uno de nosotros) así como determinar el alcance de la experiencia de cada ser vivo.

En conclusión, la acción y experiencia de las unidades de un nivel (con el cuánto de conciencia y libertad que su ejercicio impone) exige la acción y experiencia (con la consiguiente conciencia y libertad) del nivel inmediato inferior, ésta la del inmediato inferior, y así sucesivamente. Parece imponerse, pues, la conclusión de que al originarse en la realidad (para lo que han de resultar de sendas asociaciones de individuos de nivel inmediato inferior surgidas de la evolución conjunta de este nivel, y han de quedar enfrentados, mediante esas asociaciones, con un nivel ambiental trófico, hasta entonces imposible de explotar, gobernando el correspondiente tipo de medio nuevo), los organismos de un nuevo nivel, esto es, campos físicos circunscritos espacio-temporalmente (necesariamente de la misma naturaleza física que un campo físico general, inorgánico), aparecen dotados con la capacidad de experiencia, es decir de conciencia y libertad, que les permite percibir los efectos sobre el nuevo medio de la actividad cooperante de los individuos de nivel inferior que integran las respectivas asociaciones y tantear una reacción propia que indique a estos individuos la modificación conveniente de la sucesiva acción cooperante (para lo que, a su vez, estos individuos subordinados han de aplicar su conciencia a percibir las indicaciones del organismo superior, y su libertad a obedecerlas por útiles).

Podemos, pues, descriptivamente afirmar que la conciencia -y consiguiente libertad- es una propiedad general de la realidad que se da, con su correspondiente modalidad, en todos los niveles de integración. Al surgir, sobre la evolución del nivel inferior, campos circunscritos espacio-temporalmente, éstos actualizan una facultad que, de algún modo, ha de estar latente, desempeñando otra función, en el campo físico general de la misma naturaleza, y, a mayor abundamiento, en el primordio de todo organismo. Cuál sea esta propiedad universal de los campos físicos generales y cómo se actualice en conciencia en las unidades de todos los niveles de integración (contrapuestas como tales al todo en evolución) es un problema que parece fuera del horizonte teórico de la biología evolucionista, al menos lo está del mío propio, y que esta ciencia plantea a la física; problema cuya resolución puede contribuir a una interpretación más unificadora del universo (en la que la conciencia resulte de otra propiedad general) y, de añadidura, permitir un futuro avance cualitativo en la comprensión del ser vivo.

Así pues, deseo puntualizar que esta indicación de que la conciencia y la libertad constituye una propiedad general de la realidad definidora de los individuos de cada uno de los sucesivos niveles, agentes de la evolución no sólo biológica sino cósmica, debe ser considerada un corolario básico de la biología que deducimos de su desarrollo científico pero no podemos aún incluir en éste. Es decir, podemos referir la facultad de experiencia de los organismos de un nivel a la de los de otro nivel pero no dar cuenta de ella por la propiedad de todo campo circunscrito en sí, necesariamente referible a una propiedad general de la realidad, y, ante todo, de su propio primordio. Me parece que éste es un límite infranqueable para mí, y tal vez para la ciencia en el grado actual de su desarrollo; pero que no debe serlo para su progreso futuro que debe procurar conscientemente rebasarlo, para impedir que en el corolario se vaya instalando, más o menos solapadamente, una nueva encarnación del dualismo (la inercia opuesta por lo que se cree saber, sin saberlo) que esterilice un tiempo el avance del pensamiento, como hoy lo hace el pensamiento aristotélico, que tan fecundo y verdadero fue en su momento.

Tratado evolucionista de biología. Introducción General.

Tratado evolucionista de biología. Parte Segunda. Volumen I.