La actividad científica y su ambiente social

(Madrid, Cuadernos Taurus, 1962, 94 pp.).

En este libro se exponen las conclusiones epistemológicas del trabajo científico de F. Cordón, mediante la inclusión de cuatro estudios de los primeros años sesenta, con la significación de la ciencia y su progreso como tema básico común: 1) "La actividad científica y su ambiente social"; 2) "El menosprecio al pensamiento en la biología contemporánea"; 3) "Las tres etapas del desarrollo del conocimiento biológico, empírica, experimental y evolucionista"; y 4) un artículo final, breve y conciso, "Fundamento, valor y riesgo de la ciencia experimental".

En el primer texto, se explora la significación de la propia tarea científica, con las serias carencias de la investigación científica y la enseñanza universitaria en España como telón de fondo. Como toda actividad humana está condicionada por el ámbito social común, el examen de la actividad científica exige el examen de su ambiente social. Por lo demás, la relación entre ciencia y sociedad es siempre dialéctica: la investigación científica necesita para prosperar de la racionalidad del medio social; y la racionalización del medio social necesita (como ejemplo y como conductor eficiente en muchas de sus actividades) de la investigación científica. Se trata, pues, de un círculo vicioso sólo aparente y que, por tanto, puede romperse. Desde la sociedad, siempre que se tiene en cuenta que la racionalidad del medio social es condición necesaria de la actividad científica; luchando contra la idea mágica de la ciencia y otros prejuicios muy arraigados al respecto, por ejemplo; y, en general, siempre que se actúa con racionalidad y se aplica la idea básica de la ciencia –la coherencia de todos los procesos de la realidad- a la propia vida. Y, desde la ciencia, con procedimientos como los siguientes: formando a los investigadores con una enseñanza esencialmente crítica, no dogmática y con gran iniciativa pedagógica; impulsando una investigación científica firmemente enlazada con la vida del país mediante la elección de problemas de valor social; actuando con el máximo rigor al seleccionar a los colaboradores y en el trabajo en equipo en general; eligiendo a los mejores, y con los métodos adecuados, para la docencia universitaria; y estimulando la inspección crítica de la Universidad por parte de la sociedad, y la acogida y el aprovechamiento de los mejores universitarios, por parte de la sociedad.

En el segundo estudio se critica el ahistoricismo de la biología contemporánea, con el bloqueo consiguiente de la dialéctica de su propio progreso, como un serio error científico: en cuanto el pensamiento del pasado entra en conflicto con un hecho nuevo, la biología contemporánea (en lugar de abordar la incoherencia, dado que la realidad es coherente) tiende a negarlo, lo que resulta tan antihistórico como considerarlo inamovible. Esa actitud típica se ilustra especialmente en el campo de la bioquímica, con dos casos que parecen la cifra y compendio de su incapacidad para desarrollarse ante la cima teórica: 1) el conflicto entre una concepción básica de Berzelius y la síntesis de la urea por Wöhler, en 1828; y 2) la polémica entre Willstätter y Summer acerca de la naturaleza química de las proteínas, cien años más tarde. Y, en el artículo final, se profundiza en la misma temática al denunciar el olvido del fundamento evolutivo de la experimentación científica (la coherencia evolutiva de todos los procesos reales) como causa de ese grave error de la biología contemporánea, resaltando sus consecuencias más negativas: la aplicación rutinaria al descubrimiento de hechos experimentales; y la remoción de la trascendencia teórica de esos hechos cuando entran en contradicción con la ciencia hecha.

En el tercer texto -que es el central y el más importante-, se comienza precisando el origen, la naturaleza y las limitaciones de la ciencia empírica. Ésta surge cuando la acumulación de los conocimientos humanos con valor empírico se intensifica hasta tal punto que hay que constituir una profesión especializada en su sistematización. Pero tiene dos importantes limitaciones: el científico empírico percibe el acto subjetivo de su pensamiento, pero no el proceso del pensamiento, y por eso lo atribuye a una cualidad "mágica" de su propia mente; y vincula cada observación a un determinado proceso, pero no percibe el proceso objetivo de la realidad, por lo que, en lugar de explicar cada proceso concreto en términos del resto de la realidad, lo considera como una cualidad sustantiva de un determinado ser. Con todo, el ejercicio profesional de la ciencia empírica origina una rampa inicial de rápido progreso del pensamiento que culmina con el descubrimiento de la regularidad natural, facilitando así el hallazgo del método experimental. Aunque la ciencia experimental tiende a concentrarse sobre todo en la conquista de nuevas técnicas y en la persecución a ciegas de resultados pragmáticos, al olvidar que la actividad científico-experimental (como el conocimiento humano de cualquier ser o proceso, en general) debe explicarse, a su vez, en términos del resto de la realidad.

La ciencia evolucionista aclara la posibilidad de la experimentación y la predicción científico-experimental, con la ayuda de dos puntos de apoyo básicos: 1ª) la identificación y la diferenciación precisa, sin pretenderlo, del átomo y la molécula, a finales del siglo XVIII, como unidades de integración de niveles sucesivos de lo inorgánico; y 2ª) el curso integrador del pensamiento que ofrece constantes ejemplos de la existencia de interpretaciones contradictorias que parecen excluirse y van madurando lentamente la una frente a la otra hasta que, súbitamente, un hecho nuevo da cuenta de la una por la otra, o viceversa, y las eleva a una concepción esencialmente nueva que explica sus fondos relativos de verdad y sus limitaciones respectivas. Con lo que, en definitiva y más o menos conscientemente, la biología actual tiene ante sí una triple tarea básica: 1) jerarquizar evolutivamente los seres vivos; 2) definir bien el origen y la naturaleza de cada ser vivo de los sucesivos niveles de integración que realmente representan modos de vida que sucesivamente han sido los superiores y rectores de la evolución en la tierra; y 3) entender bien la evolución y sus leyes, aprovechando la exigencia de lo viviente de ser entendido evolutivamente, que nuestra propia naturaleza -que corona la evolución biológica y hoy, de hecho, la gobierna- nos facilita unos medios directos de observación, y que el hombre tiene ya acceso a toda la biosfera.

Faustino Cordón: claves de su pensamiento.

Rafael Jerez Mir.