Prólogo al Origen de las especies por selección natural de CH. Darwin

La actualidad del pensamiento de Darwin, la urgencia de volver a él para asimilarlo dentro de un sistema teórico superior y más complejo, del que habrá de constituir, ciertamente, uno de los fundamentos esenciales, se nos impone si consideramos los principales avatares experimentados por el darwinismo desde la aparición de El origen de las especies. En la historia del darwinismo (que es como decir en la historia de la biología moderna) pueden diferenciarse cuatro épocas que voy a procurar definir del modo más sucinto a mi alcance.

1. Período inicial de expansión del darwinismo (1860-1900).

Durante la primera época las opiniones de Darwin, con el apoyo activo de biólogos eminentes como Thomas Huxley y Ernst Haeckel, no sólo se imponen a los científicos y a los hombres cultivados en general como lo que realmente son, la verdad científica de su época (la teoría biológica más integradora de conocimientos y más verdadera), sino que estimularon el pensamiento biológico y abrieron campos nuevos a la investigación, de modo que puede afirmarse que la biología entera se elevó a un nuevo plano de problemas y conceptos.

En efecto, El origen de las especies posee el doble mérito esencial de explicar mediante la "transmutación" de las especies, los notables hechos que Darwin supo observar en su juventud (las diferencias graduales que con los cambios de latitud muestran las especies en la América meridional; las relaciones entre especies insulares de un mismo archipiélago y con las correspondientes del continente; la comparación entre armadillos fósiles y vivientes, etc.) y de descubrir, por analogía con la selección practicada por el hombre en sus razas domésticas, el mecanismo de tal transmutación (la selección natural). Pero, además, demostró su fondo de verdad por consecuencias tan importantes como las siguientes:

En primer lugar, proporcionó la clave del mayor cuerpo de conocimientos biológicos antes establecido, a saber, la taxonomía botánica y la zoológica; en efecto, sólo admitiendo la comunidad de origen y la gradación de parentesco de todas las especies vegetales, por una parte, y de todas las animales, por otra, se puede explicar el hecho notable de que las especies vegetales y animales no se puedan clasificar satisfactoria e inequívocamente más que en un sistema arborescente, de ramas de categorías decrecientes, en el que las especies incluidas de una cualquiera (género, tribu, familia, orden, clase, tipo) poseen, además de los caracteres que la distinguen, todos los de las categorías superiores.

En segundo lugar, la evolución de las especies impuesta (si no descubierta) por Darwin, no sólo explica los fósiles como restos de especies antepasadas de las vivientes -dando así la razón a Lamarck en contra de Cuvier-, sino que -con ayuda de la comprensión de la larga historia de la Tierra que ofrece Lyell, el creador de la geología moderna y gran amigo de Darwin- estimuló los estudios paleontológicos, de modo que, desde entonces, no sólo se ha enriquecido cada vez más el registro fósil y ha podido ser datado con creciente aproximación, sino que, como consecuencia de ello, se han ido descubriendo restos que corresponden a las especies originarias de las clases de vertebrados (peces óseos, peces cartilaginosos, anfibios, reptiles, aves y mamíferos) y, se han podido ordenar algunas series de restos de modo que permiten seguir con notable precisión la evolución de algunos grupos hacia formas actuales (de que son ejemplos clásicos, los caballos y los elefantes); en particular, han descubierto en creciente número restos de homínidos, que marcan las líneas filogénicas que enlazan (conforme a las inducciones de Darwin) al hombre y a las especies actuales de monos superiores (los póngidos) con una especie ancestral común, hasta establecer con razonable verosimilitud el árbol filogénico de la superfamilia Hominoidea; en resumen, de este modo, el sistema natural de animales y plantas, establecido a lo largo del siglo anterior por aplicado afán de los taxonomistas, adquirió, por así decirlo, relieve en el tiempo, es decir, fue precisando las fechas en que se produjeron las ramificaciones del árbol clasificatorio por ellos establecido, que así, constituido en árbol filogénico, adquirió sentido, se convirtió en un resultado comprensible.

Análogamente, la teoría de la evolución biológica permitió interpretar satisfactoriamente observaciones importantes de embriología comparada. El eminente embriólogo alemán Von Baer había observado el hecho de que los embriones de las distintas clases de vertebrados se parecen tanto más entre sí cuanto más corta es la edad de los embriones. Darwin atribuyó certeramente esta semejanza entre fases embrionarias a la existencia de remotos antepasados comunes. El gran darwinista Ernst Haeckel dio un paso más enunciando su famosa ley de la recapitulación según la cual el desarrollo embrionario de todo ser vivo (su ontogénesis) recapitula la historia evolutiva de sus antepasados (su filogénesis). A pesar de la crítica superficial y casi siempre retrógrada a que se ha sometido en nuestro siglo, por los neodarwinistas precisamente, este principio, creo que constituye un profundo atisbo de verdad que hay que puntualizar, desarrollar y ampliar: la estrecha relación que siempre existe entre los procesos de filogénesis (de origen del primer ser vivo del correspondiente tipo), los de ontogénesis (de origen de cada uno de los seres vivos del tipo) y de los de fisiología (de mantenimiento de ellos en cada momento). Esta relación entre filogénesis, ontogénesis y fisiología ha permitido esclarecer unos por otros estos tres campos biológicos. Sea como fuere, la biología evolucionista dio gran impulso y una insospechada trascendencia a los estudios de los procesos embriológicos.

En conclusión, podemos decir, en términos generales, que el darwinismo dio en el siglo pasado nuevo alcance y remodeló los más variados campos biológicos y, es más, ha provocado directa o indirectamente el nacimiento de nuevas disciplinas biológicas. Tanto es así que el darwinismo, del mismo modo que da cuenta de toda la biología anterior, influye decisivamente sobre la biología postdarwinista. Por ejemplo, entre los problemas y teorías de Darwin y Pavlov se da la íntima correlación que corresponde al hecho de que ambos se ocuparan de un mismo tipo de seres vivos (los animales), el primero estudiando su filogénesis y el segundo la ontogénesis de su conducta; de este modo puede decirse que gracias a Pavlov, la psicología fue fecundada por el darwinismo. Incluso las aportaciones más positivas de Freud muestran la influencia del pensamiento de Darwin; por ejemplo, así lo hace su modo evolucionista de considerar la psique humana, modelada por su historia y por las influencia del mundo social. Esta capacidad fecundante del pensamiento de Darwin demuestra su gran fondo de verdad, y, por tanto, lo general de su aplicación; tanto es así que, dada la unidad esencial de todo ser vivo, me inclino a pensar que los campos modernos de la biología cuyo desarrollo se ha producido con gran independencia del darwinismo (como son la bioquímica, la genética, la citología, y la inmunidad) por su carencia de pensamiento evolucionista están gravemente frenadas en su progreso, es más desviadas de su problemática genuina; de hecho, la riqueza enorme de datos concretos inconexos acumulados por estas disciplinas exige, para ser elevada a pensamiento teórico coherente, por una parte, dejar de atender exclusivamente a los fenómenos físicos y químicos producidos por los seres vivos y pasar a considerar, además, los agentes de estos fenómenos -los seres vivos implicados (las células y las proteínas)-, y, por otra parte, a hacerlo de modo evolucionista. Pero esto nos lleva al siguiente periodo.

2. Período de repulsa del darwinismo desde la genética clásica. (1900-1930).

Como notable reacción a la fecundidad científica de la teoría de la evolución, durante una segunda época, que se extiende desde 1900 a 1930, se fue propagando entre amplios sectores de biólogos y en general de las personas cultivadas un descrédito del darwinismo. La historia de este oscurecimiento temporal de la teoría evolucionista es muy significativa y, en el fondo, revela cuán superficialmente era todavía entendida esta teoría. En efecto, los hechos cuyo descubrimiento y divulgación a principios de siglo llevaron a los primeros genetistas a negar osadamente la teoría de la evolución de las especies por selección natural (las leyes de Mendel y las mutaciones cromosómicas) constituían en realidad pruebas adicionales de la teoría, en cuanto que confirmaban un postulado implícito en la selección natural, a saber, que los hijos tienden a parecerse a los padres y que los caracteres adquiridos por éstos en el curso de la vida no influyen sobre la capacidad congénita de los hijos. Es ahora obvio que la demostración de un nivel de herencia rígidamente celular (a la que contribuían tanto las leyes de Mendel como las mutaciones cromosómicas) se situaba en la misma línea que el descubrimiento hecho por el darwinista Weismann en 1982 de la continuidad del plasma germinal, orden de ideas que se opone ciertamente a la interpretación lamarckiana de la evolución, pero que acarrea agua al molino del pensamiento darwinista. Preguntémonos ahora a qué se ha debido este curioso hecho de que un descubrimiento profundamente congruente con la teoría de Darwin haya podido imponerse durante un tiempo como prueba irrebatible contra el darwinismo. Opino que a este extravío científico probablemente contribuyeron dos causas, una circunstancial y otra más profunda que vamos a examinar seguidamente.

Me inclino a pensar que el motivo circunstancial del injustificado eclipse temporal que padeció el darwinismo haya consistido en una inconsecuencia del gran naturista con su propia teoría. En efecto, en su libro La variación de los animales y de las plantas en domesticidad (1868), Darwin enunció una teoría de la herencia biológica en la que sacrificaba su teoría de la selección natural a la interpretación lamarckiana de la evolución, según la cual las especies se van modelando por la transmisión a la descendencia de caracteres adquiridos por los padres en el curso de la vida. Tal teoría de la herencia que Darwin propuso con toda clase de reservas (evidentemente, sin convicción y como mera hipótesis provisional) resulta ciertamente muy artificiosa, pero más (y en mi sentir en el mismo sentido) que lo es la teoría de los genes que se montó sobre la teoría cromosómica de la herencia. Por consiguiente, los fundadores de la genética del siglo XX, al impugnar el darwinismo, cometieron el error de identificar una hipótesis particular de Darwin (su teoría de la herencia) con su pensamiento general (la teoría evolucionista de la selección natural), a pesar de que una y otra teoría son independientes y, es más, contradictorias entre sí. Por lo demás señalemos que la inconsecuencia de Darwin, su resistencia a sacrificar totalmente el pensamiento de Lamarck, se debió probablemente a que hechos importantes que parecían indudables le planteaban problemas todavía fuera del alcance del pensamiento teórico de la época y cuya interferencia con la selección natural él no percibía con claridad. Me refiero a la cuestión de cómo de una célula surge un animal y, siempre, en cada una de las numerosísimas especies, perfectamente adaptado a su medio específico. Este problema, al que ingenuamente intenta responder la hipótesis de las gémulas, ha preocupado desde entonces a algunos biólogos que se despegan del darwinismo y (como hizo primero inconscientemente Darwin) se inclinan al lamarckismo. Pero tengo la firme convicción de que los problemas verdaderos y profundos que planteó Lamarck han de resolverse desde el darwinismo, ampliando las bases teóricas de éste. Sea como fuere la genética del siglo XX (que, sin duda brinda, como Lamarck, otro importante cabo de verdad), en vez de abordar este orden de problemas ha decidido olvidarlo.

Al descrédito del darwinismo durante el primer tercio de nuestro siglo contribuyó una segunda causa mucho más general y persistente, que sigue influyendo hasta hoy sobre el desarrollo de la biología. Me parece que, por una parte, los avances técnicos y la enorme expansión de la actividad agrícola e industrial provocada por ellos y, por otra parte, la desorientación causada por los trascendentales descubrimientos de principios de siglo que negaron algunos de los postulados básicos de la física y la química clásicas, contribuyeron a trastornar la marcha regular del progreso de la ciencia y, en particular, de la biología. Podemos, pues, decir que los científicos dejan de dominar el progreso teórico y práctico de la ciencia, que desde entonces se produce desordenadamente. En efecto, el auge de la aplicación de técnicas complicadas y sutiles (que proporcionan datos difíciles de interpretar) en general tras objetivos de interés inmediato planteados por la actividad productiva confluye con cierta desconfianza al pensamiento racional debida a la crisis de crecimiento teórico de la física y la química. En consecuencia, la fecundación recíproca entre la investigación concreta y el pensamiento teórico (característica del progreso sano de la ciencia desde Galileo a Einstein) se interrumpe en buena parte, deja de ser objetivo principal del científico, y la investigación procura, antes que la integración, la fragmentación de los conocimientos. El siglo XX ha asistido al reinado creciente del especialista, del experto, y a una notable proliferación de nuevas "ciencias", inconexas. A la vista salta que la especialización ha tendido a apartar al biólogo de la corriente de pensamiento genuinamente científico a que pertenece el darwinismo, en cuanto que éste, por una parte procura dar cuenta de todos los conocimientos y problemas de la biología anterior y, por otra, explica al ser vivo racionalmente, esto es, en sus relaciones con su medio, es decir, con la realidad que le es coherente y con la historia de esta realidad. Obviamente, tanto el concepto de la ciencia y del método de trabajo como la interpretación de la realidad objetiva que distinguen al especialista son diametralmente opuestos a los que acabamos de señalar como propios del darwinismo. En efecto, el especialista, en su esfuerzo por concentrarse en su pequeño sector de conocimiento: 1) suele atesorar los últimos descubrimientos y procurar el dominio de las técnicas más perfectas relativas a su parcela de experimentación, y en cambio rehúsa el estudio de la tradición científica de su campo, indispensable para entender el significado de los resultados de su trabajo y para orientar sus problemas, pero fuera de su alcance porque implica una integración de pensamiento contraria a la especialización, con lo que el conocimiento fragmentado y fragmentador del especialista se vuelve necesariamente ahistórico; y 2) se olvida de la coherencia evolutiva de todos los entes y procesos y, en vez de procurar comprender algo enfocando con la debida perspectiva los procesos exteriores que lo originaron y mantienen, persigue descubrir en su intimidad algo mágico (aislado de la realidad) que dé clave de ello; si nos ceñimos a la biología vemos que mientras Darwin procuraba entender una especie animal en términos del medio, los biólogos contaminados de especialización persiguen comprender el animal exclusivamente en términos de la célula germinal y, más concretamente, de sus cromosomas, o de sus ácidos nucleicos, excusado es decir que esta pesquisa, por vanamente creacionista que sea, ha acumulado un gran caudal de hechos potencialmente valiosísimo, pero apresurémonos a decir que no podrán interpretarse, someterse a teoría capaz de orientar previsoramente nueva experimentación, si no se relacionan ellos mismos coherentemente con el resto de la realidad: si no se logra extender a ellos el orden de ideas iniciado con el darwinismo .

3. Período de contemporización ecléctica entre el darwinismo y la teoría genética. (El neodarwinismo.) (1930-1950).

Durante el período anterior, caracterizado por el predominio de un pensamiento ideológicamente hostil al darwinismo, persistieron ciertamente darwinistas en campos cuyo objeto especializado es la evolución biológica, como son la paleontología y la antropología. Ellos constituyeron probablemente la cabeza de puente desde la que se emprendió durante los años treinta y cuarenta la reconquista de la ciencia por el darwinismo. Durante este período el darwinismo recuperó el primer plano de la atención de los biólogos, pero en una modalidad especial, el neodarwinismo, que pretende hacer compatibles la teoría genética de la herencia desarrollada durante el período anterior, con el darwinismo. En mi sentir, este intento de armonizar estos dos modos de pensar, radicalmente distintos, no se elevó a una síntesis verdadera capaz de dar cuenta, a la vez, de uno y de otro, sino que, de hecho, se limitó a un ensamblaje artificioso, ecléctico, a pesar del título, a new síntesis, que le dio el neodarwinista más conspicuo, Julian Huxley.

Esta conciliación ecléctica entre la teoría darwinista de la selección natural de las especies y la teoría cromosómica de la herencia animal se inicia en el libro de R. A. Fisher The Genetical Theory of Natural Selection (Oxford 1930) que reivindica el darwinismo con un supuesto adicional nuevo. A la opinión de Fisher se fue adscribiendo un número creciente de notables biólogos, entre los que podemos citar a J. B. S. Haldane, C. D. Darlington, Sewall Wright, J. S. Huxley, Th. Dobzhansky y E., Mayr, que hacen del neodarwinismo la verdad oficial de la ciencia.

¿Cuál es la aportación positiva de R. A. Fisher? Dando por rigurosamente confirmado el hecho de la evolución biológica, Fisher sintió la necesidad de conciliar el darwinismo con la teoría cromosómica de la herencia animal y demostró que, conforme a lo señalado páginas atrás, no existe ninguna incompatibilidad entre esta teoría y la de la evolución de las especies por selección natural. Es más, si se aceptan, como entonces se hacia universalmente, los postulados de dicha teoría de la herencia -a saber, 1) que en la célula germinal están preformados, en genes, los caracteres del animal que resultará de ella, y 2) que los caracteres adquiridos por un animal no influyen sobre sus células sexuales- se impone la conclusión forzosa de que tal teoría tiene que recurrir a la selección natural como único modo de explicar la extraordinaria adaptación de cada una de las especies a su peculiar forma de vida producida a lo largo de las eras.

En efecto, los darwinistas de los años treinta defendieron la solución ecléctica, que sigue aceptada por la biología vigente, de que los caracteres del soma animal se encuentran prefigurados de algún modo en la célula germinal, en la que aparecen por primera vez (y no en el animal, en el que no hacen sino proyectar su efecto), y desde la que se transmiten a las células sexuales de las sucesivas generaciones; en consecuencia, el conjunto de los caracteres hereditarios de la célula germinal (el genoma situado en los cromosomas), y no caracteres hereditarios del animal mismo, es lo que los genetistas consideraban la fuente de la variación evolutiva de los animales (por mutaciones de algún gen, por translocación de genes, por combinaciones de los genomas paterno y materno, etc.). La variación así postulada como producida al azar y, en todo caso, con total independencia del medio animal, es totalmente incongruente con el exquisito ajuste que indudablemente manifiestan los individuos de cada una del millón de especies animales y de las trescientas mil vegetales, todas perfectamente conformadas para vivir en las respectivas condiciones específicas. Fisher percibió este lado muy débil de la teoría de los genes e intentó reforzarlo recurriendo a la selección natural. Desde entonces, la opinión dominante entre los biólogos es la de que las alteraciones fortuitas producidas en el genoma de las células germinales constituyen el origen de lo nuevo, de modo que, misteriosamente, la fuerza creadora de la evolución animal radica en las células; y, en cambio, al animal mismo no le concede en su propia evolución más que el papel pasivo de que la selección natural vaya desechando los individuos cuyo genoma dé un fenoma imperfecto y a conservar los ejemplares de cuyo genoma resulte un fenoma (un individuo) apto. Los neodarwinistas, pues, prisioneros en la teoría genética de la herencia animal aseveran explícitamente que la selección natural (los procesos entre los animales y su medio) carecen de fuerza creadora, que radica en los genomas de las células germinales, de donde emana hacia el animal. Para este modo de pensar, los animales (genuinos individuos que intuimos tan plenos de significado) son incoherentes con su proceso de origen, son esencialmente incomprensibles; ya que se postula que se originan en algo ajeno a ellos mismos y al propio medio, y éste (cuyo papel activo, creador se menosprecia) no hace sino cribar pasivamente la materia que el genoma, creador de variedades, le presenta, no obstante mágicamente coherente con él.

Resumiendo, me parece que los neodarwinistas superaron el obstáculo circunstancial que había llevado a desechar el darwinismo, a saber, una hipótesis de Darwin ajena a su teoría (la hipótesis de las gémulas) y rescataron, de algún modo, el pensamiento evolucionista para la biología. Me parece un importante servicio. Durante dos o tres decenios, los problemas de la evolución animal y vegetal, ciertamente planteados de este modo notable, ocuparon un lugar muy destacado. Pero me inclino a pensar que los neodarwinistas no supieron en cambio superar la gran segunda causa, la causa principal, del eclipse de Darwin en el periodo anterior a ellos; me refiero a la especialización, a la decadencia del pensamiento integrador del previo, y; en definitiva, a la infidelidad a la concepción monista propia de la ciencia, según la cual el universo está sometido a un proceso conjunto de evolución coherente en el que todo (el animal, el hombre) es explicable en términos de todo lo demás.

En consecuencia, conforme al espíritu dominante en nuestro siglo, el intento de conciliación ecléctica entre la genética naciente y la teoría de la selección natural subordinó de hecho, el darwinismo a la teoría cromosómica de la herencia. Esto es, sometió la gran teoría biológica, capaz de dar cuenta de toda la ciencia anterior y obviamente preñada de problemática nueva y superior, al servicio de un campo de investigación nuevo, el especializado en descubrir correlaciones formales entre ciertos datos de los cromosomas de las células germinales y ciertos caracteres de los vegetales y de los animales (por lo demás, en éstos, nunca relativos a la genuina individualidad animal), campo que polarizó a muchos biólogos, conforme al espíritu de los tiempos, hacia una pesquisa especializada que sirvió de base exclusiva a una teoría de la herencia que prescinde los problemas planteados por la taxonomía, la filogenética y la embriología, y por tanto, que resulta unilateral, poco satisfactoria y poco racional. En definitiva, el neodarwinismo, a pesar de su nombre, sacrificó la problemática integradora y evolucionista latente en el darwinismo clásico en el ara de una teoría aferrada a una pequeña verdad parcial cuyo sentido no procuraba entender, esto es, de una teoría creacionista, la teoría cromosómica de la herencia animal.

4. Período de desuso paulatino del Darwinismo (de 1950 en adelante).

No se hicieron esperar las consecuencias de la fusión artificial, impuesta en el período anterior, de dos modos de pensar incoherentes entre sí, fusión en la que, además, el pensamiento superior se subordina al inferior. En efecto, desde mediados de siglo hasta nuestros días, se extiende el cuarto período de la historia del darwinismo, durante el cual la teoría de la selección natural, que habían vuelto a imponer los neodarwinistas, ha continuado siendo siempre la verdad oficial, pero ha pasado a ser letra muerta en los campos biológicos más activamente cultivados (genética molecular, bioquímica, biofísica, fisiología, patología, citología). Ciertamente hay campos biológicos (los de la paleontología vegetal y animal y antropología) donde sigue aplicándose, tal cual, el pensamiento de Darwin y puede decirse que Darwin está consagrado en los altares de la ciencia; ahora bien, hay que hacer constar que el darwinismo -si se prefiere la teoría de la evolución conjunta de los seres vivos- queda fuera de la reflexión de la mayoría de los biólogos que no aplican esta teoría ni a plantear problemas concretos con valor estratégico para el progreso del pensamiento biológico general ni a interpretar conforme a ese pensamiento los descubrimientos concretos; claro que, inversamente, durante este tiempo se ha pasado por alto toda posibilidad de que los descubrimientos concretos corrigiesen y ampliasen la teoría darwinista de la evolución y, eventualmente, de que esta teoría se sustituyese por otra nueva más general y verdadera, capaz de dar cuenta de la de Darwin como caso particular. El darwinismo (a semejanza de lo que en economía, representa el marxismo para los marxistas) ha pasado ha aceptarse como un dogma, como un sistema rígido que se supone definitivamente estatuido, a cuyas fórmulas se recurre como un cómodo argumento siempre que la ocasión lo sugiera.

En resumidas cuentas me inclino a pensar que, en los últimos decenios , el ejercicio de la investigación biológica ha caído cada vez más en la especialización, con todas sus características positivas y negativas: por una parte, ha progresado muchísimo el análisis detallado de lo muy pequeño y que está en la intimidad de los seres vivos, con ayuda de técnicas de física y química muy sutiles que obligan a una elaborada y difícil interpretación de datos; pero este aspecto positivo ha determinado como contrapartida la fragmentación del conocimiento, la polarización de la atención de los biólogos hacia los descubrimientos concretos con olvido de su significación estratégica para el progreso del pensamiento, el menosprecio al pensamiento teórico (a la búsqueda de la ley) que es precisamente el leit motiv de la ciencia tras una interpretación cada vez más coherente del universo. Me parece que, de este modo, se ha abierto un abismo cada vez mayor entre las teorías científicas parciales, especializadas, y el pensamiento general, que había incorporado los grandes logros de la ciencia clásica como guía de la acción y experiencia del común de los hombres. Me inclino decididamente a opinar que este abismo, junto con la fragmentación, denuncian no la profundidad sino el extravío de las ciencias especializadas.

Para dar idea del alejamiento creciente que en los últimos tiempos se produce entre el darwinismo y los campos biológicos más cultivados podemos proseguir con el ejemplo de la genética, en su nueva etapa de la genética molecular, bien entendido que lo mismo podría decirse de muchos otros campos de la biología actual. Parece indudable que la genética molecular ha perdido interés por los problemas que se planteaba la genética de la primera mitad de siglo (ante todo, la correlación entre los genes, ordenados linealmente en los cromosomas de las células germinales, y los caracteres hereditarios de animales y plantas) y ha pasado a buscar ilusionadamente la clave universal de la herencia en algo todavía más recóndito y más pequeño que el sistema de los cromosomas supuestos portadores de la dotación genética de un animal o planta, a saber en los ácidos nucleicos mismos a los que se atribuye, implícita o explícitamente la propiedad de la automultiplicación. Si la "autorreproducción" define la vida, comprender el ácido nucleico supondría entender ab ovo la vida. Conforme a este corrimiento hacia la molécula al problema de la herencia, los genéticos desde los años cincuenta han sustituido también el objeto que investigan, y, de estudiar la herencia en estirpes de plantas y animales (es sabido de todos que entre 1920 y 1950 se trabajó mucho en la mosca Drosophila), se ha pasado ha hacerlo en el hongo unicelular Neurospora, en la bacteria Escherichia coli y en bacteriófagos.

Ahora bien, los dos supuestos señalados -el de que la capacidad de autorreproducirse define la vida y el de que el ácido nucleico es una molécula autorreproducible- son, en mi opinión, erróneos para un pensamiento evolucionista. En efecto, sin entrar en un análisis detallado de la cuestión, hay que dejar bien sentado, en primer lugar, que, para reproducirse el ser vivo tiene antes que existir, para lo que ha de alimentarse, esto es aplicar energía al sostenimiento de sí mismo (al mantenimiento del foco de acción y experiencia que él es esencialmente); en segundo lugar, el primer ser vivo, de capacidad de acción y experiencia totalmente incipiente, tuvo que estar en condiciones de obtener energía (de alimentarse) con gran facilidad, lo que, a su vez, sólo se explica si aprovechó la energía acumulada por el mismo nivel inorgánico de cuya integración, en una unidad de nivel superior, resultó dicho ser vivo inicial. De este modo, el surgimiento del primer ser vivo se confunde con su alimentación y estas dos caras complementarias de un mismo proceso exigen que, en un ámbito de la biosfera terrestre, se produjese la evolución conjunta de dicho nivel inorgánico, básico del nivel vivo inferior, y, además, que dicho proceso de maduración conjunta hubiese avanzado hasta un grado considerable. Todos los datos filogénicos, ontogénicos y fisiológicos señalan inequívocamente que este primer proceso del que resultaría el primer nivel de ser vivo se dio en una masa de moléculas cargadas de energía por la historia de la tierra, y en el seno del mar primitivo. En definitiva, de una asociación de moléculas que se alimentaban, que aprovechaba, energía de moléculas intensamente interaccionantes surgió el primer ser vivo del que es paradigma la proteína actual sostenida por el gobierno de moléculas (los metabolitos actuales). No pudieron darse, en cambio, en la biosfera las condiciones originarias para que una molécula se alimentara permanentemente de átomos y menos que se reprodujera; y, en concreto, no se dieron las condiciones objetivas para que, en un entorno puramente molecular, un ácido nucleico creciera y se reprodujera captando energía de un medio adecuado, coherente con él (claro es que decir de algo que es en sí autorreproducible sin medio que lo alimente es una aseveración sin sentido).

De este modo, en mi sentir, en la intimidad del ácido nucleico no puede guardarse la clave de la herencia y ni siquiera en el conjunto de reacciones intracelulares en que participan los ácidos nucleicos. Lo que, por otra parte, no excluye el hecho de que el estudio físico y químico, tanto de loa ácidos nucleicos en sí como de su relación con otros componentes de la célula, realizados por los llamados genéticos moleculares y los bioquímicos, haya ido consiguiendo una serie de importantes descubrimientos, evidentemente vinculados a la herencia y que, por su naturaleza, tal vez tengan valor estratégico para el desentrañamiento de ella. Aunque, en mi entender, el provecho teórico que cabría obtener de esta espléndida cosecha de conocimientos concretos no se podrá beneficiar mientras se interpreten con un criterio estrecho de especialista.

En efecto, me parece evidente que lo que con tanto esfuerzo e ingenio se ha conseguido observar en los ácidos nucleicos (los resultados de la "genética molecular") no puede adquirir sentido más que en el marco del todo de que forman minúscula -aunque muy significativa parte; a saber la proteína y su medio, y sobre ella, la célula y el suyo. A este fin parece indispensable que estos datos proporcionados por físicos y químicos, familiarizados con moléculas y macromoléculas, pasen a ser considerados por biólogos familiarizados con células y con animales en lo que unas y otros tiene de particular, de genuino. Y, para elevar la comprensión del ser vivo hasta conseguir interpretar esta capacidad suya (que nos ha descubierto la bioquímica y la genética molecular) de coordinar en su intimidad las moléculas, es indispensable que el biólogo procure entender qué es esencialmente un animal, lo que le lleva a plantearse su proceso de origen desde las células (ya que éstas fueron antes que él, de ellas ha surgido y son las unidades sobre las que se mantiene la individualidad animal) y ello, a su vez, le remite a comprender la célula por el proceso de origen de ella.

En definitiva, todo obliga al biólogo, al siglo y cuarto de publicado El origen de las especies, a dirigirse con problemática nueva, al estudio de la evolución biológica del que el darwinismo es pieza clave. El estado de la biología parece, pues, exigir, no volver al neodarwinismo del segundo tercio del siglo, cada vez más sometido al servicio formal de conocimientos dispersos, especializados, sino a la elaboración de una teoría capaz de interpretar el enorme acervo de estos conocimientos en un pensamiento realmente integrador, evolucionista.

La actualización del darwinismo.

Ya hemos visto que el gran caudal de conocimientos que la genética molecular va obteniendo del examen físico y químico del interior de las células exige ser organizado a la luz de un pensamiento evolucionista general, en una palabra, biológico (que atienda a los seres vivos y no a sus moléculas). Lo que parece deducirse del examen histórico de la genética conviene también a otras ramas biológicas muy cultivadas en nuestro tiempo, por ejemplo, a la bioquímica en general y en particular a la enzimología, a la inmunoquímica, a la citología, en estudios muy concretos de los que puede servir de ejemplo el estudio de los fenómenos de membrana. Me parece que a éstas y otras disciplinas que pretenden desentrañar procesos realizados por seres vivos sin atender a éstos, sino solo a sus moléculas, puede aplicarse con igual motivo que a la genética: 1) que, por la coherencia general de todos los procesos reales, lo que se observa en la intimidad del ser vivo puede aportar luz al conocimiento de éste; y 2) pero que esta luz -que contribuiría a obtener una visión más coherente de la realidad- sólo puede lograrse enfocando estos procesos parciales en la debida perspectiva dentro del proceso general de los seres vivos y de la biosfera terrestre.

Para lograrlo hay que recurrir al darwinismo. Prosiguiendo con el ejemplo desarrollado a lo largo de éste prólogo, es decir, examinar los altibajos del darwinismo con ayuda de su proyección sobre la genética (ejemplo que, sin duda, se me ha ido imponiendo por el hecho de que de la genética de principios de siglo partió de la orden de ataque general contra el darwinismo), voy a procurar dar una noción lo más concreta que pueda, de lo que podría ser la problemática de una teoría de la herencia planteada en términos evolucionistas, esto es apoyada en el pensamiento de Darwin aunque debidamente actualizado y, sobre todo, actualizándose por el tesoro de hechos concretos descubiertos a lo largo de siglos. Para comodidad del lector vamos a dividir nuestra sucinta exposición en una serie de puntos, en la inteligencia de que todos son tan interdependientes que nos son sino modos complementarios (que todos llevan de unos a otros), que no son sino facetas, de un pensamiento en lo posible integrador y evolucionista, cuyo principio básico pudiera ser que el universo está sujeto a un único proceso de evolución coherente, de forma que la comprensión de los individuos remite a comprender el todo y la historia de este todo, y a la inversa.

1. Un primer cambio que el darwinismo actualizado habría de determinar en la genética es imponer en ella las ideas de que ni existe una sola modalidad de herencia ni la autorreproducción es el carácter esencial de los seres vivos. Con respecto a la primera aseveración hay que pensar, en efecto, que, si existen tres niveles de seres vivos (proteínico, celular y animal), cada uno caracterizado por un modo peculiar de acción y experiencia -que se refleja en el correspondiente tipo de medio- del que derivan todas las manifestaciones (por tanto la herencia), hay que sacar la conclusión de que los seres vivos de cada nivel tienen su modo de reproducirse cualitativamente distinto del propio de los seres vivos de los otros dos niveles. Con respecto a la segunda aseveración baste añadir a lo expuesto en páginas anteriores que, si tenemos en cuenta que la reproducción no es la función originaria del ser vivo (sino que lo es la alimentación, que secundariamente determinó crecimiento, que a su vez determinó la reproducción), parece imponerse la conclusión de que la clave de la herencia del nivel proteínico no puede encontrarse exclusivamente en el nivel molecular haciendo abstracción de la proteína misma, y menos puede estarlo, obviamente, las de la herencia celular y animal.

Así, pues, la evolución de los seres vivos y, en particular, su estratificación fundamental en niveles de integración energético-material (proteínico, celular y animal), si se aplican a una genética evolucionista, darwinista, parece imponer que hay que distinguir con claridad entre procesos de herencia proteínica, de herencia celular y de herencia animal, ninguno de los cuales -ni siquiera el proteínico- puede radicar exclusivamente en moléculas, cualquiera que sea su naturaleza y complejidad. Por otra parte, la delimitación entre los tres procesos de herencia puede ofrecer alguna dificultad por el hecho de que la herencia animal, aunque totalmente distinta de la celular, exige obviamente la multiplicación de células y, por tanto, de algún modo ha de integrar y presidir procesos de herencia celular; y lo mismo ha de suceder entre la herencia celular y la proteínica. Por tanto, en los procesos biológicos implicados en la reproducción de la célula (en las diversas formas de división celular, en la conjunción de dos células, en la reproducción sexual, en la reducción cromática, etc.) habrá que distinguir con claridad lo que en ellos corresponde a la herencia celular y lo que a la herencia proteínica subyacente; y lo mismo habrá que hacer en los procesos implicados en la reproducción de animales (la delimitación de células sexuales y su encapsulación en gónadas, la regulación de éstas, la cópula, la puesta de huevos, la fertilización, el desarrollo embrionario y fetal, etc.) en los que asimismo, hay que distinguir dónde termina la herencia animal y comienza la celular. Además, evidentemente, un problema más de genética evolucionista habrá de ser distinguir cómo se coordinan e influyen el uno al otro cada dos niveles sucesivos de herencia.

Según todo lo anterior la genética presidida por un pensamiento darwinista tiene que abandonar la falsa esperanza de un descubrimiento clave de toda la herencia y menos buscarlo en lo más pequeño, persiguiéndolo incluso en determinadas moléculas autorreproducibles. (Es más, en mi opinión, ciertamente no bien madurada, la autorreproducción es objetivamente imposible en el nivel molecular y en los inferiores a él, de modo que las moléculas han de ser reproducidas por los seres vivos de nivel inferior). En genética, como en los demás campos científicos, no se dan descubrimientos cruciales sino en función del progreso general de la teoría; en este progreso se producen, de vez en cuando, inflexiones señeras cuando se logra someter a una misma teoría dos conjuntos de hechos que hasta entonces se interpretaban por separado o cuando se descubre una ley más general capaz de abarcar la anterior y sus excepciones. Cada una de estas conquistas teóricas, si es correcta, abre al pensamiento científico la posibilidad de descubrir nuevos hechos concretos que ensanchen el dominio del hombre sobre la naturaleza y que a su vez permitan contrastar, depurar y corregir la teoría. De este modo, el pensamiento, modelado por la coherencia de la realidad de la que es hijo, va avanzando hacia una comprensión cada vez más unificadora de la naturaleza sobre la incorporación del pensamiento anterior en estratos cada vez más profundos de éste, incorporación que se produce negándolo en parte para dar cuenta de él. En la marcha sana de la ciencia no hay descubrimientos inesperados, mágicos; el descubrimiento siempre es anticipado por la teoría y repercute sobre ella y su importancia se mide por su alcance teórico. Es oportuno recordar a este respecto la significativa exclamación de Darwin cuando -hacia sus treinta años y un par de años después de su viaje alrededor del mundo- logró formularse la hipótesis de la selección natural, como mecanismo principal de la evolución de las especies : ¡Ahora ya tengo -dijo- una teoría desde la que observar!.

2. En segundo lugar, importa distinguir, en cada uno de los tres mecanismos de herencia (distintos por ser de distinto nivel de integración), lo que es el agente del proceso, de lo que es el artefacto que utiliza el agente para realizar la herencia, y de lo que es el resultado donde ella se materializa. Por razones evolucionistas generales que no es este el lugar de exponer, tengo la firme convicción de que el agente de cada uno de los tres niveles de herencia no puede ser sino el individuo mismo que se reproduce; es decir, el verdadero y único agente de la reproducción y herencia proteínica es la proteína, el de la reproducción y herencia celular lo es la célula, y el de la reproducción y herencia del animal lo es el animal.

Dicho de otro modo la herencia (como la alimentación, la coordinación somática, el movimiento, la percepción de estímulos, etc.) es una manifestación de la actividad de un ser unitario, de un individuo y tiene el mismo fundamento que las demás; es su acción y experiencia coordinadas en un momento dado por un estado y con un efecto especial (la reproducción). Así, pues, comprender la herencia biológica exige conocer el individuo biológico en su actividad esencial, esto es, en su acción y experiencia genuina; lo que, a su vez, obliga a entenderlo, 1) en términos de su soma, cuya coordinación funcional está presidida por dicho individuo, y 2) en términos del medio congruente con dicho individuo, medio gobernado por la actividad somática. No hay teoría correcta de la herencia sino en el marco más amplio de la teoría biológica general. Enfocado así el problema de la herencia, sabremos que la genética está en buen camino cuando lo que se progrese en ella repercuta en el conocimiento esencial del ser vivo y cuando, a la inversa, los progresos biológicos generales contribuyan de inmediato a comprender mejor la herencia y reproducción. En definitiva, podemos decir que, dada la estratificación de los seres vivos, no puede haber una ciencia de la genética sino: un capítulo del estudio de la proteína dedicado a su reproducción; un capítulo de la citología que estudie la reproducción de la célula; y un capítulo de la ciencia de los animales dedicado a la reproducción de los animales.

3. Pero además el ser vivo de cualquiera de los tres niveles es, en su intimidad, un genuino individuo cuyo sustrato material estricto es un campo físico unitario, al que denominamos organismo y que corresponde a las nociones idealistas de psique, ánima, etc. Y que hay que comprender al modo científico en términos de los demás procesos de la realidad. Pues bien, en la radical unidad de su organismo (contrapuesto al conjunto de los seres vivos del nivel inferior cooperantes que constituyen su soma) el ser vivo se reduce a pura acción, ya que el organismo se aniquila a consecuencia de cada acto somático, para resurgir de este acto en posesión del cuánto de experiencia ganado en él. Esta unidad de acción propia de un campo de energía física que se aniquila momento a momento y que resurge en momentos alternativos (en la que radica el foco de acción y experiencia que define a todo ser vivo y le permite gobernar su medio) es, ni que decir tiene, algo muy inestable que, para mantenerse a lo largo de la vida de cada individuo, ha de estar siempre contrapuesto a la coherencia general de la realidad de la que resulta y sobre la que a su vez opera manteniéndola y modificándola un punto. En resumen el organismo (en que radica la individualidad de cada ser vivo) está enfrentado por mediación de un soma (de una organización de seres vivos de nivel inmediato inferior) con la coordinación general de la realidad que culmina en el medio, del que el ser vivo obtiene la energía que permite todas sus manifestaciones vitales, de este modo, el ser vivo y todos sus modos de actividad dependen y toman razón del proceso conjunto de toda la realidad tal como se produce en la biosfera terrestre, en una palabra, en la evolución biológica. Tal puede ser una conclusión actual del pensamiento evolucionista que inició Darwin.

Veamos las implicaciones sobre nuestro tema de este enfoque evolucionista. Todas las manifestaciones de la actividad de un ser vivo, por tanto su reproducción y herencia no pueden entenderse si no se logra situarlas en la debida perspectiva que las conecte, por una parte, con el organismo del ser vivo en cuestión, y por otro, con el soma del ser vivo mediante el que éste actúa sobre el medio. En resumen, toda la actividad somática y sus efectos sobre el soma mismo están determinados en su naturaleza e intensidad por esos dos polos contrapuestos que dan cuenta del soma: la unidad (el organismo) del ser vivo y el entorno congruente con él (su medio). Ni que decir tiene que ambos polos (organismo y medio) están sujetos a continuo proceso a incesante dinamismo y que, por tanto, toda manifestación de actividad somática y sus artefactos, por rígidos y estables que sean, resultan de este dinamismo y solo pueden explicarse por él. De este modo, conforme al enfoque evolucionista del ser vivo, lo estable resulta del cambio dirigido (de la evolución) -cambio, además presidido en cada punto de la biosfera por la evolución de los seres vivos de nivel más alto de los que la ocupan-, y no al contrario, como tiende a postular el pensamiento creacionista, fijista. Y refiriéndonos ya a la herencia de las estructuras somáticas fijas que un nivel recibe del inferior (el animal del celular; la célula , del proteínico; y la proteína del molecular, en este caso gobernado ya por él) hay que tener en cuenta que son obra de la acción y experiencia de tal nivel inferior, que han de explicarse por éstas, y no de un modo teleológico sino como resultados útiles desde su origen, de valor actual en cada momento para el ser vivo que las produce mediante su acción y experiencia.

4. Ni que decir tiene que lo que un ser vivo hereda del nivel inmediato inferior -lo que, por ejemplo, un animal hereda de su zigoto- es el proceso de desarrollo del que él va a surgir. Por otra parte, este desarrollo, desde que sobre él se constituye el ser vivo filial -el animal hijo, desde que adquiere unidad supracelular sobre la previa asociación de células- se confunde con la actividad somática del nuevo ser y está presidida por el organismo de éste. No puede, pues, entenderse la herencia animal sin entender la reproducción y la ontogénesis del animal ni éstas sin comprender la acción y experiencia del animal, de las que la reproducción y ontogénesis no son sino casos particulares. Análogamente no se puede entender la herencia celular sin comprender la reproducción y ontogénesis celulares, ni éstas sin comprender la acción y experiencia celulares, es decir la célula. Ni, en fin, la herencia proteínica sin entender la reproducción y la ontogénesis proteínicas, sin entender la acción y experiencia propias de la proteína.

Si ahora consideramos el animal (como más inmediato a nuestra acción y experiencia, en cuanto animales que somos) nos parece que lo que, en el zigoto y en las células que derivan de él (que pronto serán células somáticas), puede contar en el desarrollo fetal realizado por acción y experiencia animal no puede ser sino la capacidad de acción y experiencia de cada una de estas células como seres vivos unitarios (y no nada interior de ellas, necesariamente incongruente con el animal, aunque determine tal capacidad celular). Esta capacidad de acción y experiencia propia de sus células (su capacidad de percibir y dominar sus medios celulares) es, pues, la genuina herencia animal, lo que el animal recibe del nivel inmediato inferior, sobre lo que el no puede influir radicalmente y que le condiciona, por tanto, lo que ha de ser (en cuanto que la célula y el animal son seres vivos de distinto nivel de integración y, por tanto, de modos de acción y de experiencia -y de medio- cualitativamente distintos). Ahora bien, lo que el animal sí va a hacer es influir sobre la multiplicación y diferenciación de este conjunto de células a lo largo del proceso fetal, estableciendo para ellas (mediante regulación de la distribución interna del alimento) una sucesión conveniente de gamas de medios internos, lo que va a determinar -desde el comienzo del periodo fetal hasta la muerte- la adquisición de caracteres somáticos a consecuencia de la sucesión de estímulos que operan sobre el animal. De este modo, desde su origen cada animal se modela así mismo y su ontogénesis se confunde con una activa conquista de caracteres somáticos (y, a sus respectivos niveles, lo mismo ha de suceder en la célula y en la proteína).

Ciertamente que estos caracteres adquiridos no se heredan (la herencia recibida por un animal se reduce al propio zigoto y al medio nutricio proporcionado originariamente a éste) y, en consecuencia, tales caracteres no influyen sobre la conformación de sus descendientes; pero sí, en cambio, lo hacen muy intensamente sobre la probabilidad de que la descendencia se produzca en virtud de la selección natural de los individuos más aptos. De este modo, los caracteres adquiridos no influyen sobre la ontogénesis de la siguiente generación y, en cambio sí, activa y esencialmente, sobre la filogénesis (evolución) de las estirpes. Esta aparente paradoja, que explica la extraordinaria adaptación de las especies a sus condiciones respectivas de vida resulta, pues, una conclusión racional de la teoría de Darwin. Y en definitiva (y lo mismo debe aplicarse a los otros dos niveles), en la evolución de los animales, la fuente de variación progresiva radica en el continuo afinamiento de la acción y experiencia animal forzado por el progreso de su medio, y no, en modo alguno, mágicamente en la intimidad de los zigotos. En el curso de la evolución de un nivel se mantiene, pues, el mismo tipo de herencia pero afinándose según la complejización paulatina de la reproducción de los individuos (de las ontogénesis).

5. Tenemos que poner punto final a este recurso elevado al darwinismo con el propósito de señalar la necesidad y la posibilidad de interpretar de modo evolucionista los grandes descubrimientos de la genética contemporánea. Únicamente deseo señalar dos puntos importantes íntimamente relacionados que sin duda plantea el problema de la herencia de todo nivel. El primero de estos dos puntos es que en el proceso de desarrollo de todo ser vivo, en el que se va materializando su herencia impulsado por la acción y la experiencia de él, se producen artefactos al servicio de la conservación de lo ya adquirido, esto es, al servicio de la estabilidad; está en la lógica de las cosas que la actividad posterior apoyada en estos artefactos pronto depende irreversiblemente de ellos, pronto por así decirlo los constituye en herencia básica del desarrollo posterior; el hecho puede dar la falsa impresión de que tales artefactos se hicieron para la herencia, en previsión de ella; el estudio darwinista de la herencia tiene que descubrir el valor actual para el momento en que aparecieron (por tanto para el sostenimiento de ser en proceso de desarrollo) de esos artefactos de la acción que luego van a condicionarle hereditariamente.

Por lo demás, en segundo lugar, es obvio que estos artefactos apoyan, por una parte, y establecen los límites, por otra, a la capacidad de acción del ser llegado a término. Por tanto, si bien la herencia directa de un animal es su zigoto como ser vivo, esto es, el zigoto definido por su acción y experiencia, no es menos cierto que esta capacidad está condicionada en parte por los propios artefactos así creados por el mismo zigoto en su ontogénesis y, en este sentido, ellos influyen decisivamente en la herencia. En todo caso, la herencia del nivel inferior condiciona la del superior, e incluso parece muy probable, por lo que sabemos, que la acción y experiencia celular modele los artefactos de su propia herencia (los instrumentos de fijación de lo ya adquirido) utilizando los artefactos de la herencia proteínica elevados, por la acción y experiencia celulares, a un nuevo orden de procesos en el curso de la vida de la célula.

Faustino Cordón.